Mariposas

viernes, 4 de septiembre de 2015

Foto: Alexander McQueen
Le dijeron que, cuando estuviese enamorada, notaría mariposas en el estómago. Le dijeron que, para conocer a las mariposas, tendría que conocer antes a las orugas. Le dijeron que, si las perseguía, las mariposas se pondrían fuera de su alcance. Le dijeron que, si se sentaba y esperaba, las mariposas se posarían sobre ella. No estaba en edad de escuchar, estaba en edad de enamorarse, de exagerar la diferencia entre uno y el resto. Tenía tantas mariposas en el estómago como revoloteando alrededor, tantas que no le dejaban ver ni el cielo ni el suelo.    

El último beso

jueves, 3 de septiembre de 2015

Foto: Frank de Mulder
El esmoquin y el corsé presagian un beso de final de película romántica, pero ese beso es un signo de interrogación; ambos dudan sobre sus consecuencias. No es un beso robado, pero sí furtivo; ambos tienen sus besos comprometidos. No es el primer beso, pero quizás sea el último; ambos prefieren perderse a perder lo que tienen. Es un beso de despedida, pero no quieren despedirse; ambos saben que hay besos que crean adicción.

Ejército

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Foto: Hans Feurer
Cuando salen todas juntas, cual ejército uniformado, ningún tipo se atreve a lanzarles ni piropos ni lisonjas. Cuando sale una sola, ataviada exactamente igual, los enemigos callejeros se animan a lanzarle improperios y vituperios, que la obligan a efectuar quiebros y requiebros para evitar las minas. Un grupo de mujeres se ve como una brigada invencible, susceptible de temor. Una mujer sola se ve como una presa indefensa, susceptible de captura. ¿Sigue la guerra fría?

Lluvia de agosto

martes, 1 de septiembre de 2015

Foto: Harri Peccinotti
Las tres amigas estaban muy unidas y coincidían en casi todo. Se habían ido juntas de vacaciones como siempre, pero aquel agosto resultó lluvioso como nunca. Lo mejor que podían hacer cuando caía aquella lluvia de agosto era dejarla caer. Toda la vida les habían dicho que no había que mojarse, que la lluvia no era responsable de quien se mojaba, pero ellas se dejaban empapar de frescura. Aquella lluvia de agosto refrescaba sus ganas de vivir. Ellas sabían que, para ver el arcoíris, había que soportar la lluvia.