Doce uvas sin piedad

domingo, 5 de enero de 2014


Foto: Steven Lyon
Foto: Julia Skalozub
Fin de año: doce uvas sin piedad. ¿Cultura o consumo? ¿Tradición o importación? La costumbre de despedir el año comiendo una uva por mes y campanada y brindando luego con champán se inició a finales del XIX. Aunque pudo venir de Francia, se hizo española y se exportó a distintos países hispanoamericanos. Primero fue costumbre de la afrancesada burguesía; después se popularizó. La popularización vino de la mano de la ridiculización, algo muy español. Para ridiculizar a los ricos esnobs, los pobres decidieron tomarse las uvas en la Plaza del Sol de Madrid al son del reloj de Correos. En 1909 el mercantilismo se impuso al populismo, mejor dicho, el capitalismo se benefició del populismo. Tras una gran cosecha, con excedentes en las bodegas, avispados viticultores del sudeste promocionaron el producto y extendieron su consumo a todas las mesas y plazas del país. Bastó con hacer creer a la gente que aquellos que fuesen capaces de tragarse las doce uvas al compás de las campanadas disfrutarían de un próspero año venidero, para que todos los españoles comprasen masivamente uvas frescas del Vinalopó. Un siglo después el capitalismo se ha vuelto a adaptar a unos consumidores más refinados y más vagos, lanzando al mercado los paquetes de uvas sin piel y sin pepita. Consumo fácil, sin reflexión, aderezado con retransmisiones televisivas del evento, guiadas por presentadoras acertadas o equivocadas, presentadores sobrios o sobrados, folclóricas nacionales o internacionales, humoristas ingeniosos o sin ingenio, bailarinas doradas o espumosas. Acto seguido, lo más importante, los anuncios pagados a precio de oro por ser los primeros del nuevo año. ¿El mercado es culpable o no culpable? No hay que dejarse llevar por la primera impresión. En Doce hombres sin piedad  los miembros del jurado popular tenían clara la culpabilidad del joven que había asesinado a su padre. El homicidio era obvio, la pena de muerte también. Los prejuicios guiaban el juicio (experiencia personal, xenofobia). Sólo faltaba la unanimidad en la culpabilidad. Un miembro sembró la duda. Debatieron, se fueron convenciendo y, finalmente, la unanimidad cayó del lado de la no culpabilidad. Los doce hombres sin piedad no tenían nombre, sino número (jurado número 1, jurado número 2…), pero, detrás de la despersonalización, escondían las circunstancias propias de cada personalidad: desconfianza, desesperanza, vivencia, urgencia, conciencia… Un empleado de banca, un pequeño empresario, un corredor de bolsa, un parado, un pintor de brocha gorda, un representante de comercio, un arquitecto, un jubilado, un mecánico, un relojero, un publicista, un inmigrante, hubieran preferido comerse las doce uvas sin piedad, sin pensar, pero reflexionaron porque uno pidió reflexión. ¿Mejor un juez o un jurado?

1 comentarios:

Bar Marcón dijo...

¡OÍDO COCINA, UNA DE UVAS DE LA SUERTE! A los clientes que acuden la víspera de Reyes a nuestro local Bar Marcón les regala un aperitivo exquisito, las buenísimas Uvas de la suerte. Los ingredientes son mínimos: 12 uvas blancas de Moscatel o del Vinalopó, una por cada mes o por cada polvo del año pasado; medio queso de Cabrales, porque el cocinero está como una cabra; pimienta negra y una guindilla. La preparación es muy sencilla, si se ha sido bueno durante el año: lavar las uvas una a una con diferente jabón de aroma de alta gama de perfumería; secarlas de una en una con secador con difusor a unos 20 centímetros; dar un corte al cliente de la mesa de al lado (el pesado que intenta invitar para ligar); dar un corte en la base de cada una sin hacerle el más mínimo daño, para que se mantenga de pie y digna; dar un corte idéntico por la base superior, para quitarle a la uva los malos pensamientos; como una putilla, con un puntilla, vaciar la uva dejando algo de pulpa en la base; reservarlas en el frigorífico o en el patio al socaire del invierno gélido; fundir el queso en el horno, nunca en el microondas, durante unos tres minutos; moler la pimienta negra a ritmo de música negra; picar la guindilla de modo que no se parezca en nada a la original; triturar la guindilla con saña; mezclar el queso fundido, la pimienta picada y la guindilla triturada; rellenar las uvas con la masa; pedir un deseo cada vez que se rellene una uva de la suerte; meter las uvas en el frigorífico (descartar ahora el patio, porque siempre hay algún vecino espabilado que picotea); emplatar poniendo las uvas en círculo como las estrellas de la Unión Europea; servir deseando felicidad y próspero año; regalar las Uvas de la suerte; obligar a acompañarlas de champán Moët & Chandon del más caro, para que el año comience algo mejor en Bar Marcón.