La felicidad del pollo y la comodidad de los principios

domingo, 28 de julio de 2013

Foto: Dimitris Yeros
El pollo feliz no se para a pensar en la diferencia weberiana entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Para el pollo feliz los que él considera principios éticos han de aplicarse siempre, al margen de las consecuencias de su conducta. No sabe el pollo feliz que en la vida, y en la vida política más, la responsabilidad exige tener en cuenta las consecuencias de la conducta y exige adaptar los principios a los fines. No hay que caer ni en el oportunismo ni en el fanatismo. Dejarse llevar por la ola de opinión no deja de ser oportunismo. Aplicar los principios éticos de modo absoluto no deja de ser fanatismo. Como advierte Klappenbach, "la izquierda ha insistido históricamente en los principios ideológicos de su concepción del mundo, muchas veces a costa de obtener resultados intolerables que terminan contradiciendo los mismos principios que postulaba. En una actitud coherente con el predominio de la ética de las convicciones, los principios se pueden permitir el privilegio de ser absolutos y de ejercer una crítica a las contingencias cotidianas, mientras que esas consecuencias están llenas de matices y decisiones complejas. Nada hay más dócil que las ideas. Este fundamentalismo moral, junto con los inevitables personalismos y ambiciones personales, está en la raíz de la frecuente actitud sectaria de los partidos de izquierda, que con frecuencia exigen a sus compañeros de viaje una identificación total con los principios y estrategias propias para considerarlos como tales. No se trata, por supuesto, de renunciar a los principios y caer en el oportunismo acomodaticio; ni de olvidar las utopías, esenciales en el pensamiento de izquierdas; ni de adherirse a la siniestra doctrina del fin justifica los medios; sino de comprender que el objetivo de la acción política consiste en la transformación de la realidad y que la función de las ideas y principios consiste en hacerla posible. Utilizar los principios éticos para evitar el compromiso con las dificultades que entrañan las decisiones concretas necesarias para cambiar las cosas, refugiarse en el reino abstracto de las ideas, implica hacerle un flaco favor a la ética". El pollo feliz no sabe que el posibilismo y el pragmatismo no están reñidos con la firmeza ideológica, sobre todo cuando se tienen posibilidades o responsabilidades de gobierno. Klappenbach advierte que "descalificar a priori cualquier logro parcial bajo la acusación de reformista suele ocultar el deseo de instalarse en la comodidad de los principios generales para no verse en la necesidad de tomar decisiones comprometidas, siempre discutibles y nunca puras". Veamos un ejemplo de pollos felices, medidas reformistas y adaptabilidades capitalistas. Hace unos años la empresa COREN, cooperativa de granjas orensanas que se había convertido en una gran productora de pollos y huevos, recibía de la Royal Society for Cruelty to Animals el primer certificado europeo de Freedom Food, que garantizaba a los pollos unos estándares de vida y muerte dignas. La empresa se congratulaba del premio, merecido porque "COREN se preocupa por el bienestar de los animales en sus granjas, así como del transporte y sacrificio, cuyo objetivo es minimizar el sufrimiento innecesario y mejorar los modelos de las actuales granjas; con ello se pretende mejorar el estado sanitario de los animales y también la calidad final de la carne, evitando el estrés y consiguiendo un pollo feliz". Desde entonces, aparentemente, la felicidad de los pollos de COREN ha aumentado de modo exponencial, gracias a los avances técnicos y las nuevas estrategias de marketing empresarial. La vida de los pollos ha mejorado en las granjas, gracias al control informatizado de la temperatura (33 grados para un pollito al romper el cascarón, 25 grados para un pollo antes del sacrificio), al control de la ventilación (diferente en verano e invierno), al control de los centímetros mínimos por pollo (por encima de la normativa de la UE) y al control de la alimentación (maíz, trigo, cebada, soja, según la edad del pollo). El bienestar y el confort de los pollos parece garantizado; pero, además, la empresa ha explorado otros nichos de mercado que, afortunadamente, suponen aún mejores condiciones para ciertos pollos. La crianza extensiva de pollos de corral, pollos ecológicos y gallinas camperas hace a los pollos cada vez más felices. Sin embargo, la comodidad del corral no garantiza la comodidad de los principios. Ecologistas y vegetarianos fundamentalistas critican las medidas reformistas de COREN y la falsa felicidad de los pollos, así como la propiedad privada y la explotación de los pollos con fines lucrativos. No hay que confundir pollos felices con pollos sin cabeza. La felicidad del pollo no es sólo cuestión avícola y agrícola, también es cuestión ecológica y económica, política y filosófica...

2 comentarios:

estrella dijo...

La felicidad no existe, la verdad absoluta, no existe. La grandilocuencia de los principios universales y de los fines universales es como la batalla contra los molinos de viento, inútil y agotadora.No contemplar el continuum que nos lleva de los principios a los fines, nos lleva a confundir los principios con los fines.
Convertir un principio en un fin, nos estanca.
Por mucho que nos esforcemos, siempre habrá pollos insatisfechos: falta de buen tiempo, falta de pollitas, falta de piensos light,, falta de hilo musical,......
Bss

Felipe dijo...

Lo bueno es comerse todos los días una polla de corral, como hace la encargada.