Conversaciones en la catedral

martes, 19 de febrero de 2013

Foto: Arseni Jabiev
"¿En qué momento se jodió Santiago?" sería un buen comienzo para una novela sobre el deterioro de la imagen de la ciudad compostelana, por lo que sucede en su catedral y en su consistorio. En su consistorio por culpa de alcaldes corruptos y conservadores hipócritas; en su catedral por culpa de ladrones de códices y de deanes hipócritas. Sería un buen comienzo, pero no sería un comienzo original. Así arranca Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa, cambiando Santiago por Perú; así arranca la pesadilla de Santiago; así arranca la pesadilla de Santiago Zavala, el protagonista peruano. El protagonista compostelano, angustiado trabajador despedido del principal templo de la empresa de las peregrinaciones, autor confeso del robo del Códice Calixtino se defiende contraatacando, revelando que en la Catedral de Santiago el robo y el sexo eran habituales. Habrá quien diga que la catedral es lugar más propicio para lo uno que para lo otro; habrá quien diga que la catedral no es lugar para el pecado, sea cual sea éste. El ladrón codificado, hombre de intensa fe cristiana, se sentía abrumado por la fervorosa actividad sexual entre miembros de la iglesia, "en actitudes que iban más allá de lo humanamente paternal, por ejemplo las frecuentes palmaditas en el culo". En la catedral no se dice "culo", pero se toca el culo; lo primero es blasfemia, lo segundo confraternidad. En su defensa, y por escrito, el ladrón codificado se sabe incomprendido y confiesa que "la gente nunca se enterará de la tristeza que siente y ha sentido durante años al contemplar, por haberlo visto cuando iba a rezar, cuando iba a tomar un café o cuando se lo contaban los propios protagonistas en confianza, que ni la pobreza ni la castidad existen en algunas personas a las que se les supone". Ahora bien, o el ladrón codificado da más pistas, o la diplomacia eclesiástica dará la vuelta al asunto. Meter mano en los cepillos no es robo, sino pequeño hurto para otros fines benéficos; meter mano en los culos no es sexo, sino palmada de ánimo para impulsar las vocaciones. El ladrón codificado advierte que el anticipo no es más que "un pequeñísimo grano de arena de lo mucho que tiene que manifestar". Dice el deán, siguiendo las Santas Escrituras, que hay que buscar siempre la verdad. Dice Manuel Vicent que "el que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla". Aclaración final (innecesaria): La Catedral de Santiago Zavala es un bar; la Catedral de Santiago es una catedral.

7 comentarios:

estrella dijo...

El argumento es lo más, como me produce tristeza ver que los que "deben" ser castos y pobres no lo son, pues voy, les robo, les manipulo y que me "quiten lo bailao".
Eso pasa por esperar nada de los demás, pensando que son mejores que nosotros en algo. Mala idea.
Por otro lado, si tocar el culo es sexo en la Catedral, como llamo a lo que hago yo cuando encuentro la pareja, el momento y el lugar adecuado???
bss
P.D. La catedral, ni esta ni ninguna, me ponne lo más mínimo.

Felipe dijo...

Mientras el jefe conversa, la encargada se la chupa.

BERTA dijo...

Felipe, Monaguillo Monísimo, si te pillamos nosotras en una de las capillas de la Catedral, te metemos en un confesionario, te explicamos los principales pecados capitales, te hacemos pagar tu penitencia por tantos años de mariconería y te convertimos en un cristiano fiel a la SANTÍSIMA TRINIDAD.

TUS TRES BBB
(BEA, BELÉN & BERTA)

Funcio dijo...

Precismente estou aproveitando esta baixa, prolongada artificialmente a medias entre o meu galeno de cabeceira e máis eu, para ler de novo de vagariño o Códice Calixtinus, aínda que alternando a súa leitura coa de Milenium II, porque teño gañas de pillar unha cerilla e un bidón de gasolina non sei ben para que.

Nario dijo...

Nario, nos tenías preocupados. Dice mi madre que leer en cama no es bueno.

Siro dijo...

CON LA IGLESIA HEMOS TOCADO

Felipe dijo...

Cuando el despacho de tu jefe se transforma en un confesionario de tocamientos y mamadas, la oficina se transforma en la sociedad anónima del vicio.