
Una cosa es el sexo en la escuela, otra distinta es la escuela de sexo. En Viena (Austria) ya funciona la primera escuela de sexo europea. Cualquier interesado, que tenga más de 16 años, que tenga más de 1.600 euros para la matrícula y que tenga unos 16.000 euros más para el alojamiento en cuartos mixtos, manutención, masturbación y otros consumos, puede recibir formación sobre técnicas y habilidades amatorias. Poca teoría, mucha práctica, enseñanza aplicada. Como apunta su directora, Ylva María Thompson, "nuestra educación no es central, no es teórica, está orientada a la práctica y el énfasis está en cómo ser un mejor amante". Lo importante es el énfasis, lo importante son los valores, lo importante es que los amantes tengan valores, lo importante es que los amantes valgan. Es la "enseñanza en valores". La escuela de Viena es una casa de... estudios. Sin embargo, la policía tuvo que cerrar una escuela de sexo escondida en la montaña sagrada de Luofu, próxima a la ciudad de Huizhou (Cantón, China), porque, bajo la oferta de valores como "liberación emocional", "liberación espiritual" o "liberación institucional", mediante técnicas de "entrenamiento psicológico", realizaba prácticas de sexo grupal, intercambio de parejas o sesiones orgiásticas. El director de la escuela de sexo, Qin Ming Yuan, escapado de la justicia china, se declara seguidor del gurú-hippy hindú Osho, quien a finales de los setenta promovía este tipo de escuelas-comunas en los USA. Qin Ming Yuan, hippy actualizado y adaptado al capitalismo moderno, como su país, cobra unos 10.000 euros por cada curso de tres semanas. Según el psicopedagogo Frederic Boix, la educación sexual ha de ser un conjunto de métodos que permitan el desarrollo de las capacidades sexuales de los alumnos, la coordinación de estas capacidades con otras facultades de los mismos, el refuerzo de la autoestima, la interrelación estimulante con los demás, el aprendizaje de valores como el respeto o la salud pública. Entender el sexo en términos científicos, esencialmente físicos, sin tener en cuenta factores psíquicos, culturales, morales, religiosos o políticos, es un error. El sexo no tiene edad, la sexualidad es larga, dura desde la niñez a la vejez. El "aprendizaje a lo largo de la vida" amplía el mercado. Las escuelas de sexo pueden ser buenos negocios. El derecho ampara el mercado. Existe una Declaración Universal de los Derechos Sexuales: 1º Derecho a la libertad sexual, 2º Derecho a la autonomía sexual, seguridad e integridad del cuerpo, 3º Derecho a la privacidad sexual, 4º Derecho a la equidad sexual, 5º Derecho al placer sexual, 6º Derecho a la expresión sexual-emocional, 7º Derecho a la libre asociación sexual, 8º Derecho a la toma de decisiones reproductivas libres y responsables, 9º Derecho a la información científica, 10º Derecho a la educación sexual comprensiva, 11º Derecho a la atención clínica de la salud sexual. Ahora bien, aunque haya derechos universales, la derecha no ve la escuela como un derecho. La derecha ve la escuela como un lugar para la "educación en valores" y como un lugar para el buen negocio privado. La derecha ahoga a la escuela pública, con el argumento de la falta de recursos económicos. Para la derecha podría ser una buena estrategia empresarial la conversión de las improductivas escuelas públicas en productivas escuelas de sexo privadas. No obstante, han de escogerse bien los valores, porque los valores sexuales corporales (conocimiento del potencial erótico del propio cuerpo), los valores sexuales intelectuales (sexualidad racional), los valores sexuales afectivos (emoción, excitación, pasión), los valores sexuales estéticos (provocación, morbo, deseo, fetichismo), los valores sexuales de la personalidad (individualismo, orientación, integridad), los valores sexuales morales (ética, bondad) o los valores sexuales sociales (comunicación, interrelación), que habrían de enseñarse en las escuelas de sexo, habrían de pasar por el filtro de la Conferencia Episcopal Española, a la cual habría que ocultar lo de las clases prácticas.