Capitalipsis

viernes, 8 de junio de 2012

El colapso final del capitalismo podría ser denominado "capitalipsis", mezcla de capitalismo, crisis y apocalipsis. ¿Somos protagonistas, espectadores, responsables o víctimas de tal "capitalipsis"? Antes habrá que preguntarse si existe o no ese colapso. José Luis Sampedro augura el final del sistema capitalista occidental, porque el sistema sufre una auténtica metamorfosis ligada a las nuevas tecnologías y a las nuevas redes sociales, que hacen que "los jóvenes ya vivan en otra época y los niños vayan más allá, ya sean de otro mundo". La "capitalipsis" marcaría el final de la "etapa del dinero" iniciada en la Baja Edad Media, aunque "es algo que los capitalistas no pueden entender, porque siguen empeñados en ganar dinero y nada más, porque siguen aferrados a sus bancos, a sus billetes y a sus títulos". La "capitalipsis" sería un proceso no exactamente sincrónico con la crisis. Como dice Sampedro, "la crisis pasará, por supuesto, pero lo hará a costa del sufrimiento de todos nosotros, porque con la mitad del dinero que se inyecta para que un banco esté lleno se podría evitar el recorte de lo más importante: la educación y la sanidad". Se veía venir, no podemos negar que fuimos avisados. El propio Wallerstein, el teórico del sistema-mundo o la economía-mundo, advertía en un artículo publicado en 1994 en la New Left Review, titulado The Agonies of Liberalism: What Hope Progress?: "El que estemos en un tiempo de caos no significa que en los próximos 25-50 años no vayamos a ver funcionar los principales procesos básicos de la economía-mundo capitalista. Personas y empresas seguirán tratando de acumular capital por los medios habituales. Los capitalistas buscarán el apoyo de las estructuras estatales, como lo han hecho en el pasado. Los estados concurrirán con otros estados para tratar de convertirse en el principal centro de acumulación del capital. La economía-mundo capitalista podrá entrar probablemente en una nueva fase de expansión, mercantilizando aún más los procesos económicos en el mundo entero y polarizando aún más la distribución efectiva de la riqueza. Lo que podría ser diferente en los próximos 25-50 años no son tanto las operaciones del mercado mundial como las operaciones del mundo político y las estructuras culturales. Básicamente, los estados podrían perder paulatinamente su legitimación y, por tanto, encontrarían cada vez más difícil el garantizar un mínimo de seguridad, tanto internamente como en las relaciones entre ellos. Sobre la escena geocultural, podría no haber ningún discurso dominante, y las propias formas de debate cultural podrían ser sometidas a debate. Podría no existir acuerdo sobre lo que debe considerarse como un comportamiento racional o aceptable. Ahora bien, toda esa confusión no implicaría necesariamente la ausencia de un comportamiento intencional, propositivo. Podría haber muchos grupos persiguiendo objetivos precisos y concretos, aunque en muchos casos entrarían en conflictos unos con otros. Podría haber unos cuantos grupos con una idea a largo plazo de cómo construir un orden social alternativo, aunque su claridad subjetiva podría adecuarse muy poco a cualquier probabilidad objetiva de que estos conceptos constituyan una guía heurística útil para la acción. En resumen, cada cual actuaría un tanto a ciegas, incluso sin pensar que está actuando. A pesar de ello, estamos condenados a actuar. Por tanto, nuestra primera necesidad es tener claro qué es lo deficiente en nuestro moderno sistema-mundo, qué es lo que provoca que un porcentaje muy alto de la población mundial se encuentre encolerizada con él o que al menos mantenga un juicio ambivalente respecto a sus logros sociales. Parece que las mayores quejas se dirigen contra las grandes desigualdades del sistema, que suponen también la ausencia de democracia. Sin duda, esto podría decirse también de todos los anteriores sistemas históricos; pero lo nuevo bajo el capitalismo es que su gran éxito como creador de producción material elimina toda justificación para las desigualdades, sean materiales, políticas o sociales. Estas desigualdades parecen ser mayores porque no se limitan a privilegiar a un minúsculo grupo frente al resto de la humanidad, sino que distinguen a un quinto o un séptimo de la población mundial frente a todos los demás. Los sentimientos de quienes han sido marginados se han visto exacerbados por el incremento de la riqueza material total y por el hecho de que el bienestar se limite a un pequeño puñado de personas y no alcance a la mayoría de la población. No contribuiremos en nada a una resolución aceptable de este caos terminal de nuestro sistema-mundo a menos que dejemos muy claro que sólo un sistema histórico relativamente igualitario y totalmente democrático es deseable. Concretamente, debemos movernos de modo activo e inmediato en varios frentes. Uno de ellos es el desmantelamiento de los supuestos eurocéntricos que han impregnado la geocultura de por lo menos los dos últimos siglos. Los europeos han hecho grandes contribuciones culturales a nuestra común empresa humana, pero no es cierto que las suyas hayan sido más grandes que las de otros centros de civilización a lo largo de diez mil años de historia humana, y no hay ninguna razón para suponer que la multiplicidad de los focos de sabiduría colectiva vaya a reducirse en el próximo milenio. El reemplazamiento activo del actual sesgo eurocéntrico por un más moderado y equilibrado sentido de la historia y de su evaluación cultural podría requerir una aguda y constante lucha política y cultural. No pide nuevos fanatismos, sino un duro trabajo intelectual, colectivo e individual. Necesitamos además asumir el concepto de derechos humanos y trabajar enérgicamente para que se aplique por igual a nosotros y a ellos, a los ciudadanos y a los extranjeros. El derecho de las comunidades a proteger su herencia cultural no es un derecho a proteger sus privilegios. Los derechos de los inmigrantes constituirán uno de los principales campos de batalla. Y si, como preveo, en los próximos 25-50 años los inmigrantes, legales o ilegales, y sus hijos constituyen una muy importante minoría dentro de Norteamérica, Europa y Japón, entonces tendremos que luchar para que esos inmigrantes tengan acceso no discriminatorio a los derechos económicos, sociales y políticos propios de los países a los que han inmigrado. No ignoro que esto podrá encontrar una enorme resistencia política en nombre de la pureza cultural y de los derechos de propiedad acumulados. Los hombres de estado del Norte andan ya diciendo que el Norte no puede asumir la carga económica del mundo entero. ¿Y por qué no? La riqueza del Norte es en gran medida resultado de una transferencia de plusvalía desde el Sur; esto se produce desde hace varios cientos de años y nos ha conducido a la actual crisis del sistema. No se trata por tanto de poner parches caritativos, sino de abordar una reconstrucción racional. Estas batallas serán batallas políticas, pero no necesariamente batallas a nivel de estado. Precisamente a causa del proceso de deslegitimación de los estados, muchas de estas batallas, quizás la mayoría, se darán localmente, entre aquellos grupos resultantes de nuestra propia reorganización. Y ya que estas batallas serán locales y complejas entre múltiples grupos, una compleja y flexible estrategia de alianzas será esencial, pero sólo será efectiva si mantenemos en nuestras mentes los objetivos igualitarios. Finalmente, la lucha será también intelectual, por la reconceptualización de nuestros cánones científicos, en la búsqueda de metodologías más holísticas y sofisticadas, en el intento para liberarnos de las falaces y piadosas hipocresías sobre la neutralidad del pensamiento científico. La racionalidad, de ser algo, es ella misma un juicio de valor, y nada es o puede ser racional fuera del más amplio y completo contexto de la organización social humana. Ustedes pueden pensar que el programa que he diseñado para una sensata acción social y política en los próximos 25-50 años es demasiado vago; pero es tan concreto como puede serlo cuando nos encontramos en el centro de un torbellino. Primero, asegúrense de hacia qué orilla quieren nadar. Luego, traten de lograr que todos sus esfuerzos inmediatos les conduzcan hacia ella. Si quieren una mayor precisión, podrían no encontrarla y ahogarse mientras la buscan". De esos 25-50 años ya han transcurrido casi la mitad. Wallerstein premonitorio, pero en los últimos años el torbellino se ha transformado en el tsunami que precede a la "capitalipsis" y muchos se sumergen en vez de nadar hacia la orilla.

4 comentarios:

Felipe dijo...

Mi jefe capitalista tiene convencida a la encargada de que chupársela cada día es bueno para evitar la amigdalitis.

Berta dijo...

Felipe, Esencia de la Revolución Mariconil, toma nota de lo de la capitalipsis para ver como repercute en tu ejército gay justo ahora que estáis creciendo con el alistamiento de tanto escondido de armario. No confundas colapso con síncope, que es lo que te puede dar cuando ves que entra alguno con un armamento desproporcionado.

Nosotras estaremos en la retaguardia para reanimar a los soldaditos con síndrome de Vietnam.

Tus tres BBB
(Bea, Belén & Berta)

FUNCIO dijo...

IMOS VER, ROJILLO...

¿SEICA A PARTIRES DE XA VAI VOSTEDE A ESCRIBIR MENOS E POLA CONTRA VAI SOLTARNOS POSTS MÁIS LONGOS E MIOLEIROS COMA ESTE?

¿NON SE DECATA VOSTEDE DE QUE OS QUE ENTRAMOS TÓDOLOS DÍAS DENDE OS NOSOS POSTOS DE TRABALLO -QUE DIOS E A ADMINISTRACIÓN NOS GARDEN MOITOS ANOS- O QUE PESCUDAMOS É UNHA PIZCA DE DIVERSIÓN E NON UNHA FONDA REFLEXIÓN?

VOSTEDE VERÁ O QUE FAI PERO EU LLE RECOMENDO QUE VOLVA Á FRIVOLIDADE POPULAR.

CON EL DEBIDO RESPETO,
SE DESPIDE ATENTAMENTE
UN FUNCIONARIO PRUDENTE

Nario dijo...

Funcio, llama para que te arreglen el ordenador, que ya no es solo lo de las mayúsculas sino que ahora te castrapea por su cuenta.