Amor bestial

viernes, 16 de septiembre de 2011


¿Por qué le llaman sexo, cuando quieren decir amor? Historia de amor en el norte de la India: el campesino amaba a la vaca, la vaca se murió, el campesino se mató. Según la policía, Lakhi Kant Dutta, de 45 años, vecino de Kushkibagh, "quería a la vaca como a un ser humano". Según su mujer, ni celosa ni víctima de adulterio, su marido "sentía un amor inquebrantable por la vaca y no pudo soportar su muerte". El campesino solía dormir en la cuadra con su vaca. Había zoofilia, el campesino sentía atracción por la vaca, pero no había bestialismo, el campesino no mantenía relaciones sexuales con la vaca. Era cosa de amor, no de sexo. El campesino, que amaba a la vaca, quizás fuese correspondido. En el mundo desarrollado occidental, habrá ecologistas que intuyan abusos del campesino sobre la vaca y urbanitas que desprecien estas relaciones aldeanas. En el mundo indostánico oriental, el amor por la vaca es sagrado y las relaciones de bestialismo aparecen en las escrituras hinduistas y en las representaciones artísticas védicas. No importan las creencias y culturas, importan la legislación y la jurisprudencia. Habrá que avisar de que en la España de la Doble RR (Rouco-Rajoy) no hay ley alguna que prohíba explícitamente las relaciones sexuales con animales, ni sentencia alguna al respecto. Como decía Amado Nervo, "ama como puedas, ama a quien puedas, ama todo lo que puedas".

3 comentarios:

Siro dijo...

Los animales no hacen preguntas.

Chunguito Brother dijo...

Los rollos entre ranas y tías buenas no funcionan bien, hasta er Joan Manué lo dice:

Él era un auténtico príncipe azul
más estirado y puesto que un maniquí,
que habitaba un palacio como el de Sissí
y salía en las revistas del corazón,
que cuando tomaba dos copas de más
la emprendía a romper maleficios a besos.
Más de una vez, con anterioridad,
tuvo Su Alteza problemas por eso.

Un reflejo que a la luna
se le escapó,
en la palma de un nenúfar
la descubrió;
y como en él era frecuente,
inmediatamente
la reconoció.

Ella era una auténtica rana común
que vivía ignorante de tal redentor,
cazando al vuelo insectos de su alrededor
sin importarle un rábano el porvenir.
Escuchaba absorta a un macho croar
con la sangre alterada por la primavera,
cuando a traición aquel monstruoso animal
en un descuido la hizo prisionera.

A la luz de las estrellas
le acarició
tiernamente la papada
y la besó.
Pero salió rana la rana
y Su Alteza en rana
se convirtió.

Con el agua a la altura de la nariz
descubrió horrorizado que para una vez
que ocurren esas cosas, funcionó al revés;
y desde entonces sólo hace que brincar y brincar.
Es difícil su reinserción social.
No se adapta a la vida de los batracios
y la servidumbre, como es natural,
no le permite la entrada en palacio.

Y en el jardín frondoso
de sus papás,
hoy hay un príncipe menos
y una rana más.

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