Lodos y polvos

sábado, 6 de febrero de 2010

De aquellos lodos, estos polvos. O la Iglesia vuelve a poner orden, o se impone el mercado y la hostelería. El restaurante Mildred Temple Kitchen de Toronto, Canadá (Primer Mundo), a la vista de que en sus baños de lujo algunos clientes, en vez de echarse polvos de talco, se echaban polvos, ha decidido, con oportunismo comercial, al más puro american way of life, iniciar una campaña por San Valentín, promocionando las cenas de pareja y promocionando los posteriores polvos en los baños, a modo de postre activo. El director del Programa de Salud Pública de Toronto no ve problema alguno en la promoción, siempre que los baños se mantengan limpios, lo cual está garantizado por el servicio de limpieza. Los baños estarán limpios, ¿y la moral?. La moral, como decía Anatole France, "descansa naturalmente en el sentimiento".

7 comentarios:

Picoleto dijo...

Será en los restaurantes de Canadá porque en los de aquí como quisieras echar un polvo lo menos que pillas es una salmonelosis truculenta.

Deleg. Estudiantes Humanidades dijo...

¿En qué país del mundo no es deporte mearse por fuera? ¿De verdad les quedan ganas de hacer eso otro? ¿Quedará espacio sin marcar? A lo mejor a alguien le pone más hacerlo entre charcos de agüita amarilla.

Galeno dijo...

La bañitis o adicción al sexo en los lavabos de locales de hostelería es el deseo de mantener un nivel de comportamiento sexual humano lo suficientemente alto tras las comidas como para ser considerado clínicamente significativo. Tras comer bien, cuando el o la paciente es invitado a un restaurante de lujo, tiene una necesidad incontrolable por sexo de todo tipo, pero siempre en los servicios del propio local, desde relaciones sexuales con otras personas hasta masturbación o autoconsumo de pornografía. La bañitis se caracteriza por una frecuente estimulación genital que, una vez alcanzada, puede no resultar suficiente para el individuo, e incluso puede ir acompañada en ocasiones de sentimientos de malestar y culpabilidad, que le llevan a destrozar mobiliario o accesorios del baño. Se piensa que esta insatisfacción es la que alienta la elevada frecuencia de estimulación sexual, así como síntomas psicológicos y neurológicos adicionales cuando hay otros clientes esperando fuera del lavabo. El concepto de bañitis puede ir ligado a la ninfomanía, furor uterino o satiriasis. Antes, por prejuicios machistas, la bañitis se consideraba como un desorden psicológico exclusivamente femenino, mientras la pareja pagaba la cuenta, caracterizado por una libido muy activa y una obsesión por el sexo en lugares con bidé. El umbral para lo que constituye la bañitis está sujeto al debate y los críticos se preguntan si puede existir un umbral diagnóstico y si se puede practicar en cualquier tipo de servicios públicos o privados de sectores diferentes a la hostelería. La bañitis varía considerablemente en los pacientes, ya que lo que una persona consideraría como deseo sexual normal podría ser entendido por otros como excesivo y por otros como bajo. El consenso entre aquellos que consideran la bañitis como un desorden es que el umbral se alcanza cuando el comportamiento causa incomodidad o impide el funcionamiento social, así como el uso de los lavabos por otros usuarios, bloqueando el imprescindible desarrollo del sector especialmente en momentos de crisis como el actual, durante los que aumentan las ganas del personal de acudir al baño y cagarse en todo. Los pacientes con bañitis pueden tener problemas laborales, familiares, económicos y sociales. Su deseo sexual les obliga, al abandonar el baño del restaurante de turno, a acudir frecuentemente a prostíbulos, comprar artículos pornográficos, realizar con frecuencia llamadas a líneas eróticas y mantener relaciones sexuales con desconocidos, haciendo que su vida gire en torno al sexo y a la taza del water. Es una enfermedad de difícil diagnóstico y tratamiento porque son pocos de mis colegas los que se dedican a la bañitología.

Paspallás dijo...

Rojillo, ¡cántas cuestións políticas non se resolverán nos retretes do Parlamento ou dos concellos!

Lulú dijo...

¡QUÉ ASCO EL SEXO EN UN BAÑO!
¡QUÉ ASCO EL SEXO EN UNA COCINA!
¡QUÉ ASCO EL SEXO EN UNA SALITA!
¡QUÉ ASCO EL SEXO EN UNA ALFOMBRA!

¡QUÉ ASCO EL SEXO EN GENERAL... CON HOMBRES!

Bar Marcón dijo...

¡OÍDO COCINA!
¡UNA DE PERDICES CON LECHE!
En Bar Marcón la idea del uso erótico-culinario de nuestros impecables baños la venimos aplicando desde la muerte de Franco, pero a diferencia de nuestros colegas canadienses, no para los postres, sino para los entrantes. Los clientes que comunican al maitre que vienen calientes, antes de sentarse a la mesa que tienen reservada, toman en los servicios unos entrantes afrodisíacos. El plato estrella son nuestras PERDICES CON LECHE. Para una pareja, hetero u homo, que llegue con calentón hacen falta: dos perdices hembras en celo, dos perdices macho excitados, mantequilla de la marca Marlon Brando, tocino de cerdo engordado a cuerpo de rey y sacrificado sin haber montado cerda, leche derramada en polvo, una cebolla con forma de miembro viril en erección, limón retardante del orgasmo y sal de la vida. La preparación requiere preámbulos y ha de ser esmerada: dejar que las perdices copulen reiteradamente intercambiándose las parejas; retorcerles el pescuecito durante la última cópula para que su carne resulte más tierna; desplumarlas en caliente con sumo cuidado; limpiarlas en un baño tibio con sales aromáticas y relajantes; untarles la mantequilla con deleite sobre todo por sus zonas erógenas; espolvorear la sal; espolvorearse o revolcarse mutuamente hasta la extenuación; regar con zumo de limón por dentro como una eyaculación explosiva e indeseada por falta de empleo de método anticonceptivo; cubrir con lonchas finas de tocino para que las perdices se sientan arropadas; susurrarles en sus oiditos palabras eróticas fuertes; atarles las patitas y las alitas con sedal de pescador al estilo sexo bizarro o sadozoofílico; rehogarlas con aceite abundante, para lubricarlas, y caliente, para que se exciten más y más; trocear la cebolla penil en rodajitas finas recreándose en la faena; picar las rodajas troceadas sin remilgos; añadir la cebolla para rehogar del todo a las perdices en el máximo placer; cubrirlas de leche llevándolas al paroxismo; dejar cocer hasta que estén tiernas y agotadas; emplatar a las perdices por parejas en las posturas del misionero, del perrito y del trompetista; degustar con los dedos cada uno de los huesitos; chupar hasta la salsa; tragar; ducharse, vestirse y acudir a la mesa para saborear el primer plato.

Calatrava dijo...

A mi me gusta mezclar el polvo con el lodo, o sea, me gusta follar en el barro, porque me pone la arcilla pegada al culo de una tía escultural.