Manifiesto

domingo, 15 de marzo de 2009

Manifiesto que el manifiesto no es un manifiesto. El “manifiesto sumando ideas”, propuesto por miembros de Xuventudes Socialistas, algún alcalde, algún parlamentario y otros militantes del Partido Socialista de Galicia, no me parece ni bien ni mal, pero no me parece un manifiesto político. Se trata de una declaración de intenciones genéricas, que pretende abrir un foro de posible discusión sobre el futuro de un partido que tiene ya foros de discusión desde hace 130 años (comisiones ejecutivas, asambleas locales, comités nacionales, congresos ordinarios y extraordinarios). La discrepancia forma parte de la vida cotidiana del Partido. El Partido no improvisa. El Partido no vive las elecciones de modo traumático. El Partido vive con normalidad las derrotas y las victorias electorales.

Si la intención es asomar la cabeza y pedir renovación generacional, no seré yo quien frene el entusiasmo y el ímpetu de la juventud, pero, como decía Picasso, “lleva tiempo llegar a ser joven”. Una de las personas más jóvenes que he conocido en el Partido fue Tierno Galván. El mitin con más ímpetu juvenil de la campaña pasada en Galicia fue el de un joven llamado Alfonso Guerra. La edad, ni corta ni larga, es garantía de casi nada.
Un manifiesto político ha de ser un documento con más concreción y compromiso, resultado de reflexiones profundas, no de ocurrencias oportunistas. Por ejemplo, he aquí un fragmento del Manifiesto de Marx y Engels (1848):

“El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible las energías productivas. Claro está que, al principio, esto sólo podrá llevarse a cabo mediante una acción despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción, por medio de medidas que, aunque de momento parezcan económicamente insuficientes e insostenibles, en el transcurso del movimiento serán un gran resorte propulsor y de las que no puede prescindiese como medio para transformar todo el régimen de producción vigente. Estas medidas no podrán ser las mismas, naturalmente, en todos los países.

Para los más progresivos mencionaremos unas cuantas, susceptibles, sin duda, de ser aplicadas con carácter más o menos general, según los casos. Primera: expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos públicos. Segunda: fuerte impuesto progresivo. Tercera: abolición del derecho de herencia. Cuarta: confiscación de la fortuna de los emigrados y rebeldes. Quinta: centralización del crédito en el Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado y régimen de monopolio. Sexta: nacionalización de los transportes. Séptima: multiplicación de las fábricas nacionales y de los medios de producción, roturación y mejora de terrenos con arreglo a un plan colectivo. Octava: proclamación del deber general de trabajar; creación de ejércitos industriales, principalmente en el campo. Novena: articulación de las explotaciones agrícolas e industriales; tendencia a ir borrando gradualmente las diferencias entre el campo y la ciudad. Décima: educación pública y gratuita de todos los niños; prohibición del trabajo infantil en las fábricas bajo su forma actual; régimen combinado de la educación con la producción material, etcétera”.

Obviamente, los tiempos son otros, pero ahí había compromiso con la clase obrera. Marx y Engels no se miraban el ombligo. Coincido con Martín Gaite, en que “si algo he aprendido en la vida es a no perder el tiempo intentando cambiar el modo de ser del prójimo”. Sin embargo, cada vez soy menos tolerante con los que se apean de los principios a conveniencia personal, intentando convencer a los demás de que lo hacían de un modo, antes, y lo hacen de otro, ahora, por el bien colectivo, dejando, eso sí, claro que ellos son los imprescindibles, como sacerdotes y sacerdotisas del templo de las reliquias ideológicas.

6 comentarios:

Anxo dijo...

Este partido necesita caras novas e máis galeguismo. A xuventude podeo sacar da crise á que o levaron os vazquistas e touriñistas. Ánimo dun novo militante.

Siro Rosales dijo...

¿A quién se refiere usted? ¿A Touriño, a Méndez, a Lage, a Cerviño, a Varela, a Barcón, a Amoroso, a Pachi...?

Me descoloca esa alusión al marxismo cuando todos estos andan más cerca de la democracia cristiana que del socialismo. Triste renovación nos espera, Rojillo.

Susana Bermúdez dijo...

Mientras los sociatas limpian los trapos sucios, y son muchos los que tienen que limpiar, Feijoo a levantar la Xunta y Negreira a por la alcaldía de La Coruña que está a punto de caramelo.

Pili Mato dijo...

Comparen a las Juventudes Socialistas y las Nuevas Generaciones del Partido Popular. Los jóvenes socialistas peleándose por chupar del bote y pillar algún carguito. Los jóvenes populares preocupándose por los problemas de la gente.

Paíño de Zas dijo...

Eu son mais ben de Groucho Marx, aínda que a casa dos socialistas estes días é O camarote dos hermanos Marx.

¡E pensar que noutra época Alberto Núñez Feijoo votaba a Felipe González!

Esther Fontán dijo...

No podría estar más de acuerdo contigo Pedro; yo sí firmaría este artículo tuyo en su integridad. Los socialistas tenemos desde hace 130 años unos principios sólidamente asentados; los socialistas gallegos tenemos además un legado de tantos y tantos galleguistas de izquierdas como Díaz Pardo, Benxamín Casal o Ramón Piñeiro que se han acercado a nosotros para infundirnos la esencia y el sentimiento del galleguismo histórico. Me niego pues a esa idea reiterada ante cada "estropicio" electoral de que hay que renovar, reformular, reciclar, reinventar...;no señores, no, nosotros los socialistas gallegos no hemos perdido unas elecciones por creer en la sanidad pública o en la educación pública, ni en la solidaridad con los menos favorecidos, ni en el bienestar general, ni en la igualdad de oportunidades, ni...en tantas cosas que nos son propias; hemos perdido por no haberlas ejecutado a satisfacción del ciudadano y por no haberlas explicado mejor, amén de algún que otro "mal menor". Si malo es no aceptar una derrota peor es decir "no se preocupen que en un abrir y cerrar de ojos cambiamos todo aquello que no les gusta": no es creíble; creíble es decir "no supimos hacerlo todo lo bien que sabemos y todo lo bien que ustedes esperaban".
Por eso ahora lo que toca es "arremangarse" y trabajar para recuperar la confianza de los que dejaron de votarnos, mantener la de los que nos la siguieron entregando y merecer el respeto de los que nunca nos la darán. Y para eso no hay nada como el análisis sereno, en voz alta y en nuestra casa común para cambiar aquello que sí debe ser cambiado en momentos así: la estrategia y las personas que la sacarán adelante, pero jamás nuestros principios. Y esta tarea no es exclusiva ni de los jóvenes, ni de las mujeres, ni de los veteranos, esta es una tarea de todos...mal vamos si ya empezamos por compartimentar o excluir a los propios en función de la edad o el sexo; a toda tarea siempre, siempre deberán ser llamados aquellos que los militantes crean que son los mejores, sus circunstancias genéticas son lo de menos.
Salud y "palante"