Simplemente Newman

domingo, 28 de septiembre de 2008

Seducción, pitillo, el buscavidas, perdedor, marcado por el odio, magnetismo, elegancia, fidelidad, el golpe, sonrisa, ironía, jugador, el color del dinero, icono sexual, la ciudad frente a mí, rebeldía, la leyenda del indomable, padre, drogas, Harry e hijo, amistad, velocidad, carreras, dulce pájaro de juventud, digna vejez, cáncer, camino a la perdición: Paul Newman. Todas ellas quisieron ser contigo gatas sobre tejados de zinc. Todos ellos quisieron ser un tercero, contigo y Redford, en dos hombre y un destino.
Esas cualidades podían ser resultado de lo bien que te habías aprendido el método de interpretación del Actors Studio. Pero, un tipo capaz de prescindir del glamour de Hollywood, de montar empresas multimillonarias con fines benéficos, de crear centros para la rehabilitación de drogadictos, de implicarse en la lucha por los derechos humanos, de oponerse públicamente a la Guerra de Vietnam, de enfrentarse a presidentes republicanos corruptos y de luchar para cambiar las cosas desde dentro del sistema, siempre con clase y discreción, se merece un laico réquiem de admiración en este rincón político.
Víctor Hugo, si hubiese visto tus películas, habría dicho aquello de que “en los ojos del joven arde la llama y en los del viejo brilla la luz”. Tu mirada azul, querido Paul, ha iluminado mi juventud e iluminará mi vejez.

Pasarlas putas

miércoles, 24 de septiembre de 2008


Eufemismos los justos. Prostitutas no, putas. Trabajadoras del sexo no, mercancías sexuales. Vicio y pecado no, hambre y droga. Feminización de la pobreza no, explotación de la mujer pobre. Hembras exóticas no, inmigrantes violadas. Trata de blancas no, tráfico de esclavas. Negocio no, mafia. Clientes no, machos en celo. Liberación no, secuestro. Maquillajes urbanos no, derechos humanos. Regulación laboral no, cambio laboral. Abolición sí.
El Gobierno socialista prepara un plan integral de lucha contra la prostitución. Otros, más cuanto más reaccionarios, optan por callarse como putas. Asumen que es el trabajo más antiguo del mundo y, como tal, necesario. Asumen que la mayoría de las putas lo son porque quieren, cuando casi todas son inmigrantes y víctimas de las mafias, que les quitan sus papeles, las extorsionan y amenazan a sus familias en el país de origen. Algunos progresistas, bien intencionados, demandan que a las putas se les aplique el Estatuto de los Trabajadores, como si se tratase de trabajadoras libres que eligen el oficio, aunque no las condiciones.
La legislación europea sobre la cuestión es variada. En más de la mitad de los países la prostitución está prohibida y se penaliza a putas, chulos y clientes. En algunos países las putas con papeles disponen de atención sanitaria y ciertos derechos laborales. En Suecia se multa sólo a los clientes. En Italia acaba de prohibirse que las putas ejerzan en la calle, con lo que volverán a los burdeles, prohibidos formalmente desde mediados del siglo pasado. En España las putas trabajan sin saber si su trabajo es legal o ilegal, en un nimbo de no intervencionismo de los poderes públicos.
El plan integral del Gobierno socialista implica precisamente intervención, para llegar a la abolición. Se van a implantar medidas cuyos objetivos no son fáciles de cumplir. Proponer a las putas que, tras un mes de reflexión, denuncien a los mafiosos que las explotan, a cambio de garantías jurídicas, seguridad física y ayuda económica, puede no ser suficiente frente a las amenazas a que se ven sometidas ellas y sus familias. Formar a los policías para que cambien su concepto de las putas llevará tiempo. Sensibilizar a una sociedad machista sobre la condición de víctimas de las putas no va a ser sencillo. Impedir el tráfico de esclavas en los países de origen va a ser todavía más difícil. A ver si nos enteramos de una puta vez que las putas no viven de puta madre, sino que las pasan muy putas.

Aborto a plazos

domingo, 21 de septiembre de 2008

El debate no es si una nueva ley del aborto responde o no a una demanda social, como repiten los conservadores. Lo importante es comprobar que la ley actual está desfasada. Para los más reaccionarios no es suficiente que, según un sondeo de Metroscopia, dos tercios de los españoles demandemos una ley de plazos. La gente no debate sobre este tema cada vez que toma café, pero toda mujer que ha de enfrentarse a la situación traumática de abortar merece el apoyo legal y, sobre todo, social. Y los médicos también.
Por fin, en el plano político, tenemos una suma sin complejos de populares y convergentes frente a un asunto en el que preferían no entrar desde 1985. Por fin, tenemos un acuerdo, el primero de la legislatura, entre socialistas y comunistas. Por fin, tenemos un giro a la izquierda, que quizás evite espantadas como aquéllas de ciertos próceres, aparentemente progresistas, a la hora de votar la ampliación de supuestos. Por fin, descartamos el imposible consenso con los conservadores.
En España el aborto es delito salvo en tres supuestos. Primero, violación denunciada. Segundo, graves taras físicas o psíquicas del feto, previo dictamen de dos especialistas. Tercero, grave peligro para la vida o para la salud física o psíquica de la madre, con el informe de un médico distinto al que practicará el aborto. En la violación y en la malformación fetal hay plazos: doce semanas para el primer supuesto y veintidós para el segundo. No hay plazo para el tercer supuesto.
La cuestión de los plazos está provocando situaciones dramáticas. Las malformaciones fetales a menudo son descubiertas después del plazo previsto para el segundo supuesto. Cuando es así, la ley obliga a que la madre concluya con su embarazo traumático. Si tiene suerte, hallará un médico sensible que dictamine un grave peligro para su salud psíquica, y podrá abortar. Más del 95% de los abortos están amparados en este tercer supuesto. Supuesto susceptible de interpretaciones e inseguridades jurídicas y médicas.
Toca ya una ley de plazos como la que hay en muchos países europeos. Por ejemplo, con la posibilidad de abortar hasta las doce semanas y a partir de ellas con unos supuestos mejor regulados. No hay que tener miedo a la capacidad de las mujeres para controlar su maternidad. Hay que darles a las adolescentes educación sexual y acceso fácil a la anticoncepción. En Holanda tienen la legislación menos restrictiva y tienen menos abortos voluntarios.

Sarkozy, Sarko no

domingo, 14 de septiembre de 2008

Carla, no los sigas. Francia, no los sigas. Aunque Sarkozy se crea el papel de canónigo honorario de San Juan de Letrán, por herencia del rey francés desde tiempos de Enrique IV, Sarko no es Nicolás XVI, ni la República de Francia debe pleitesía al Estado Pontificio del Vaticano.
Es ridículo ver al presidente del país del la laicidad inclinándose sumiso, al pie de la escalerilla del avión, ante el Papa de la Inquisición. Es anacrónico verle defendiendo las raíces cristianas de Europa. Es indignante verle reprimiendo, desde un púlpito, con pálpito, a los gobiernos democráticos “intrascendentes”, “relativistas”, “zapateriles”, por cuestionar el papel de la Iglesia en la vida pública y por abocar a su pueblo a la senda del pecado. Es patético verle proponiendo la sustitución de maestros por curas para enseñar valores.
Más papista que el Papa, Sarkozy se ha inventado el “laicismo positivo”. Positivo para los creyentes católicos más fervientes, más reaccionarios y más fundamentalistas, o sea, menos laicos, es decir, menos reflexivos, esto es, menos demócratas. En nombre de la patria y del protagonismo no vale todo. No, Sarko, no. Carla, por favor, sigue pecando; pero, mejor con otros. A éstos no los sigas.

Eutanasia Consulting

domingo, 7 de septiembre de 2008

¿Eutanasia Consulting? Aunque el término correcto es “consultoría”, en el internacionalizado ámbito de la gestión resulta más fácil publicitar un “consulting”. No obstante, la gestión del dolor ante la muerte es difícil de encajar en la economía de mercado y difícil de vender. La muerte digna no es sólo cuestión de gestión; es, sobre todo, cuestión de ideología.
El Partido Socialista en su último congreso federal se ha propuesto dar un paso más en las estrategias de cuidados paliativos de los enfermos terminales. Para ello está la aplicación de la Ley de autonomía del paciente, quien decide mediante el testamento vital si desea o no seguir sometido a ciertos tratamientos que prolongan su mala vida. La asistencia a domicilio de los enfermos es gestión. La formación de los profesionales que han de cuidarlos es gestión. El otorgar al enfermo el derecho de propiedad de su cuerpo es ideología. Es más, como indica Bernat Soria, ministro de Sanidad y Consumo, “eso es ideología socialista”, ya que se respeta la opción del ciudadano a no verse sometido a un esfuerzo terapéutico en contra de su voluntad. La reflexión sobre el suicidio asistido está abierta, a partir de la ideología. Los cambios imprescindibles en el Código Penal corresponden ya a la gestión. La búsqueda de consensos posibles, con otros grupos políticos y agentes sociales, o imposibles, con los conservadores y los obispos, corresponden ya a la escenografía democrática.
A los miembros de un Gobierno no sólo cabe exigirles buena gestión. Ellos no son gestores, son políticos. Cabe exigirles que apliquen la ideología del partido político al que han votado los ciudadanos para que les gobiernen. Como decía Indira Gandhi, “hay que vigilar a los ministros que no pueden hacer nada sin dinero y a aquellos que quieren hacerlo todo sólo con dinero”. Bien, Bernat.

Progre español

lunes, 1 de septiembre de 2008

Los socialistas gallegos han venido criticando, con moderación, a Anxo Quintana, vicepresidente de la Xunta de Galicia y portavoz del Bloque Nacionalista Galego, por su tendencia a organizar fiestas y ágapes para ancianos, prolongando la estrategia de captación del voto mediante ternura lacrimógena, ambientada con viandas y música con denominación de origen, por la cual quizás pague derechos de autor a Manuel Fraga, anterior presidente autonómico, inventor de condumios, piscolabis, manducas, “bandulladas” y “enchentas”, objeto entonces de vilipendio por parte de los nacionalistas. Quintana ha respondido con dos argumentos poco convincentes y mal hilvanados: “acaso los mayores no se merecen pasarlo bien” y, además, “yo no soy un progre español” (sic).
En lo primero, coincido con Quintana, pero coincido más con Renard en que la vejez existe cuando se empieza a decir “nunca me he sentido tan joven”. Los viejos lo que merecen es, sobre todo, respeto.
En lo segundo, discrepo de Quintana, tal vez porque yo sí soy un progre español. Conviene acudir al significado de las palabras. Según el Diccionario de la Real Academia Española, dícese progresista de la persona con ideas avanzadas, así como de la actitud que esto entraña, y dícese español del individuo natural de España o con nacionalidad española. Asumo ambas condiciones. Desconozco si Quintana, habiendo nacido en Allariz (Ourense, Galicia, España), ha renunciado expresamente a la segunda, para lo cual se precisan documentos. Debo entender que tampoco asume la primera, para lo cual basta con su propia afirmación y ciertas actuaciones anacrónicas.
Parafraseando al sarcástico Oscar Wilde, le diría aquello de “discúlpeme, señor Quintana, no le había reconocido: he cambiado mucho”. Admiré el progresismo del otrora alcalde de Allariz, quien, entre 1991 y 2000, lideró un avance social en la villa que fue más allá de una innovadora y premiada gestión municipal. Me sorprende que renuncie a ser español quien nació en España, vivió siempre en España, fue senador, por designación, en el Senado de España, y es vicepresidente de un Gobierno autonómico, parte importante del Estado español, que debería estar agradecido por el tratamiento que reciben él, personalmente, y sus paisanos, colectivamente, del actual Gobierno estatal en razón de la justa, y progresista, solidaridad entre territorios y ciudadanos españoles.
Es difícil ser a la vez progresista y nacionalista, aunque quizás Quintana pueda evolucionar, porque, como decía Einstein, “el nacionalismo es una enfermedad infantil; es el sarampión de la humanidad”. El sarampión es pasajero, pero… ¿hay sarampión crónico?