Lenguaje sexista

miércoles, 30 de julio de 2008

Y va la ministra de Igualdad y habla de las “miembras”, para que el personal se vaya acostumbrando, según dice. Y van otros, compañeros políticamente incorrectos o adversarios políticamente encantados, y la critican por feminista, por cursi o por inventar el palabro (para los que duden: un palabro es una palabra mal dicha o estrambótica). Y voy yo y me pregunto si alguno de esos hombres que critican a la ministra es políglota, o sea, versado en varias lenguas. No creo, porque, si dominase varias lenguas, sería un hombre polígloto. Una mujer, incluso ministra, puede ser políglota, un hombre no. Por ejemplo, un hombre que habitualmente se expresa en un áspero castellano, en la intimidad habla catalán y en las conferencias castiga al auditorio con un críptico spanglish (incomprensible incluso para un “espalda mojada chicano” que acabe de cruzar el río Bravo) es un auténtico polígloto. No sabemos si es polígloto porque se ha formado en buenos y caros colegios multilingües, porque ha viajado mucho o porque es autodidacto. Sí, autodidacto. El hombre que se instruye por sí mismo es autodidacto. La mujer es la que puede ser autodidacta. A ver si nos entendemos, que para eso tenemos la lengua o las lenguas.

La mirada de Sadam

martes, 29 de julio de 2008

Sadam Husein fue ahorcado a finales del año 2006. Parece que hace más tiempo, porque, cuando se extirpa el “mal”, se olvida pronto. Fue un ahorcamiento del siglo veintiuno, un espectáculo para consumo fugaz y manipulación ideológica. Producto perecedero de telediario. No obstante, en la fría antesala de la muerte, sin aparente temor a ella, el condenado dejó una mirada heladora que permanece fijada al negativo y congelada en la memoria. Una mirada a lo Clint Eastwood, oblicua, despreciativa, rencorosa. Una mirada con dignidad de abrigo negro y soga al cuello. Dignidad de falso mártir de causa indigna.

¿A quién miraba Sadam? A Bush padre, que, a raíz de la invasión de Kuwait, dejó de considerarle amigo de Occidente. A Bush hijo, jefe del “Eje del Bien”, que, a raíz del 11-S, decidió personalmente, aunque por influencia divina, incluirle en el “Eje del Mal” y, por ende, ocupar su país. A Blair, partícipe en tal guerra de ocupación por intereses de las petroleras británicas. A Aznar, ególatra que se había colado en la foto de las Azores cual montaje de photoshop. A los franceses y a los alemanes, que antes le trataban como un buen cliente de la industria nuclear y armamentista y ahora le daban la espalda. A los inspectores de la ONU que buscaban supuestas armas de destrucción masiva. A los jueces de los sucesivos tribunales que le condenaron. A los familiares de los incontables chiítas que había ido eliminando a lo largo de su mandato. A los familiares de los cien mil kurdos que había masacrado en el norte del país. A los familiares del millón de muertos en la guerra contra Irán. A los soldados yanquis que le capturaron en el escondite de una granja cercana a su Tikrit natal. Al falso acólito que le delató. Al médico que le despiojó para escarnio público. A todo Occidente. A todo el Islam.

Sadam Husein vivió sesenta y nueve años y mató durante veinticuatro. Tras un juicio, justo según Bush, fue ejecutado en la horca la madrugada del penúltimo día del año 2006, primer día del Aid al Adha, fiesta islámica del sacrificio. Paradojas del destino y del personaje. El líder, laico, socialista y panarabista, llevaba una copia del Corán en la mano y murió acompañado por varios funcionarios, un médico y un religioso. Espectáculo macabro. Cuando expiró, según la CNN, los presentes danzaron alrededor del cadáver. En los barrios chiítas de Bagdad, en Diwaniya o en Basora se tiraron salvas al aire y se repartieron postres, como manda la tradición local. En Tikrit se impuso el toque de queda. En Michigan los iraníes inmigrantes celebraron la noticia bebiendo Coca-Cola y comiendo hot dogs. Mediante fotografías oficiales, se difundió el antes y el después de la ejecución. Mediante un video de contrabando, uno de los verdugos hizo negocio difundiendo la propia ejecución. Barbarie contra barbarie. Crimen y castigo en un país donde ambos son aún rutina cotidiana. Banalidad televisada de la lucha del bien contra el mal.

La iconografía del poder simplifica ex profeso los conceptos del bien y del mal para mejor consumo de masas. En un plano geopolítico, el “Eje del Mal” lo constituyen unos cuantos países (Irán, Corea del Norte, Myanmar, Cuba, Zimbabue, Bielorrusia), sancionados por sostener regímenes dictatoriales, por llevar a cabo programas nucleares, por apoyar e instruir a terroristas o por beneficiarse del tráfico ilegal de armas. En un plano policial-militar, el “mal” corre a cargo de unas cuantas organizaciones (Al Qaeda, Hizbulá). En un plano mediático, el mal lo ejemplifican unos cuantos individuos satanizados (Bin Laden, Hassan Nasrallah, Mahmud Ahmadineyad, Kim Jong-il). Desde hace más de un año Sadam ya no está entre ellos, pero su mirada permanece como símbolo del mal, igual que el claroscuro del rostro del Che permanece como símbolo de la utopía revolucionaria (si bien el mercadeo de la imagen acaba difuminando su significado). La mirada de Sadam, cargada de odio, molestaba aquella Navidad y sigue molestando ahora.

Ministerio de la Verdad

domingo, 20 de julio de 2008

Decía Baroja que en la verdad no puede haber matices y en la mentira hay muchos. Cierto, pues la verdad que se manipula ya es mentira. No hay más que ver y oír a los medios de comunicación que han desinformado sobre la gestión de la catástrofe del Prestige o la sentencia del 11-M, faltando a la verdad en el momento de la noticia y empecinándose en la mentira a lo largo del tiempo. Medios, de confesada inspiración católica, que no siguen a San Pablo en aquello de que “sólo la verdad os hará libres”; quizás porque la libertad no es lo que más les importa. Estarían dichosos, si volviesen a gobernar su patria hombres firmes en sus creencias y principios, firmes en sus dotes de mando ¡Firmes!

A falta de un líder con firmeza, crearán, al estilo del Gran Hermano de Orwell, un Ministerio de la Verdad, para falsearla e institucionalizar de una vez la manipulación de la opinión pública. Al frente del Ministerio colocarán a un ministro bien educado, pulcro, devoto, capaz de mentir sin inmutarse. A su lado, un Jefe de gabinete, profesional de la comunicación, “uno de los nuestros”, procedente, por ejemplo, de una emisora que cope las aspiraciones de la jerarquía. Aunque el leitmotiv del Ministerio será la generación de verdades, dispondrá de una Dirección General de la Mentira, triste sustituto de la verdad, pero, según Hubbard, el único que se ha descubierto hasta ahora. El Ministerio no parará en barras éticas y no reparará en gastos. No será por falta de medios, ya que los fines, la salvación de la patria y la optimización de beneficios empresariales, justifican los medios. Se harán reformas, se construirán nuevas dependencias ministeriales, como la sala de la Policía del Pensamiento, donde se archiven sólo los expedientes de delatores y tránsfugas; la sala de la Memoria Histórica, donde se archiven sólo las cintas del No-do; la Hemeroteca de la Verdad, donde se archiven sólo los tres periódicos verídicos, según dictan la razón y un sencillo abc copiado de las mejores hemerotecas que hay en el mundo.

En el archivo del Ministerio habrá que hacer sitio a la gran avalancha de nuevas verdades. Habrá dinero abundante para la obra y para adjudicar cientos de becas a los jóvenes más cualificados de las nuevas generaciones. Allí mismo serán destruidas las fuentes documentales de la verdad histórica. No vaya a ser que a alguien se le ocurra buscarla y los demás corran el riesgo de que la descubra. Al eliminar dichos documentos, los hechos que acreditaban no habrán tenido lugar. Sobre su no acontecimiento podrán expedirse certificados a petición de los interesados, quienes serán fichados al momento. Los protagonistas de tales sucesos, víctimas virtuales, habrán desaparecido, se habrán volatilizado. De hecho, nunca habían existido. Entre ser o no ser, no ser, he ahí la cuestión.

Un partido político y unos medios de comunicación que falsean el pasado y el presente pueden falsear el futuro. Todo les vale para desacreditar y derrocar a un gobierno democrático al que no otorgan legitimidad. La alianza es poco ética, pero la desconsideración a los ciudadanos es patética. Para acceder al poder, asumir que los ciudadanos son consumidores compulsivos de mentiras enlatadas es tanto como asumir el eslogan del Ministerio de la Verdad de Orwell: “La ignorancia es la fuerza”. Con tal lógica, cuanto más ignorantes sean los ciudadanos, y sobre todo cuantos más ciudadanos sean ignorantes, menos probabilidad habrá de que se descubran las verdades y se exijan responsabilidades. Decía Cerón que la verdad siempre resplandece al final, cuando ya se ha ido todo el mundo. Bienvenida sea, si permite hacer justicia. Donde hay un Ministerio de Justicia sobra un Ministerio de la Verdad.

Consenso

sábado, 12 de julio de 2008

Demasiados representantes y cargos públicos son “políticamente incorrectos” a la hora de expresarse; no porque lo hagan de modo transgresor, sino porque lo hacen de modo erróneo. El uso reiterado de muletillas y frases hechas asemeja a quienes, intentando ser “políticamente correctos”, logran el efecto contrario. Los ejemplos son tantos que conviene comentarlos de uno en uno.
Ante una avalancha de micrófonos, un conocido político, con fama de moderado y conciliador, trata de demostrarlo y, con voz engolada y enfática, declara solemne: “debemos alcanzar el máximo consenso”.
Señor mío (y sobre todo suyo), el consenso no es máximo ni mínimo, o es total, o no es consenso, pues ha de implicar unanimidad entre los miembros de un órgano con capacidad de decisión. Una cosa es pactar o acordar y otra diferente es consensuar. No obstante, la mayoría de nuestros representantes y cargos públicos no están para alcanzar el consenso, sino para alcanzar el asenso, es decir, están para asentir, para aprobar por asentimiento, esto es, por consentimiento, aunque sea sin sentimiento.

Con S de Santidad

jueves, 10 de julio de 2008

En época de beatificaciones a granel, fútil argumento político, diría el cínico Buñuel: “soy ateo, gracias a Dios”. Quizás Dios también es ateo, Buñuel, porque, si creyese en sí mismo como un ser superior, estaría pecando de soberbia y Dios no peca. Dejemos a Dios en las alturas. Aquí abajo, ser ateo o creyente es un derecho humano. En esta aldea global, creada o no por Dios, y organizada o desorganizada por los hombres, sólo los más avanzados adoptan la democracia como el sistema de gobierno que mejor garantiza los derechos. Sin embargo, la democracia no es el individuo; no tienen idénticas características. La democracia no puede ser atea, agnóstica, pagana o creyente. La democracia, por definición, implica la intervención del hombre, como pueblo, en su propio gobierno. El pueblo se compone de hombres sin o con creencias religiosas; en este caso, además, variadas, relativizadas, personalizadas. Por eso, la democracia ha de ser laica. Por eso, no tenía razón Lévy cuando decía que la democracia es esencialmente atea y sí cuando decía que es el primer régimen que prescinde absolutamente de la religión.

Siendo así, ¿por qué los próceres de la Iglesia interfieren continuamente en nuestra democracia? Una puerta abierta a las interferencias es el artículo 16 de la Constitución, que garantiza que “ninguna confesión tendrá carácter estatal” y también que “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones” ¿Cuestión de legitimidad o de legitimación? ¿Cuestión de fe? ¿Cuestión de concordatos anacrónicos? La Constitución no está para resolver dudas existenciales, sino para establecer los derechos y deberes del ordenamiento político y social, aunque algunos proclamen que éstos estaban ya contenidos en el orden de la Creación. La Carta Magna no es una carta blanca para que la Iglesia trate de imponer sus preceptos a los ciudadanos, creyentes o no, de un país donde la democracia ha sido una conquista humana, no divina.

Somos ciudadanos de España, no del Vaticano. Si fuésemos ciudadanos del Vaticano, tendríamos que asumir la teocracia del actual estado pontificio, que nació en 1929 por acuerdo entre Mussolini y Pío XI. En 2001, por orden de Juan Pablo II, entró en vigor una nueva Ley Fundamental del Estado, cuyo primer artículo, por si había dudas sobre una posible adaptación a los tiempos, deja claro que “el Sumo Pontífice, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, tiene la plenitud de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial”. Negro sobre blanco, una perfecta definición de dictadura, que Benedicto XVI no se ha cuestionado ni como duda bizantina, ya que considera que, gracias al omnímodo poder papal, la Santa Sede es más sede santa que nunca. Sobran, pues, las lecciones de democracia y ciudadanía viniendo de donde vienen, ya sea por vía de la Providencia, la Conferencia Episcopal o la Embajada.

Tal concentración de poderes en una persona podría preocupar, si no fuera porque el Papa es infalible. Su infalibilidad le permite gobernar sin errores no sólo esa pequeña ciudad-estado dictatorial, sino la gran nación sin estado del Pueblo de Dios, cuyas jerarquías eclesiásticas interfieren en los gobiernos de aquellas naciones-estado con instituciones políticas que muestran síntomas de debilidad democrática. Tal condición de infalibilidad no es innata, ni adquirida personalmente; la tiene el Papa desde el momento en que se le impone al Espíritu Santo como asesor cualificado. Asesor que para sí querría Zapatero. Una campaña “Con S de Santidad” tendría, sin duda, más fuerza interior que “Con Z de Zapatero”. Para unos, con S de santidad, de solemnidad, de serenidad, de simplicidad. Para otros, con S de sinrazón, de superstición, de segregación, de subvención. Para mí, con S y Z de sensatez.


(Pedro Armas, publicado en “La Opinión”, 13/11/07)