Campanas

jueves, 11 de diciembre de 2008

¿Por quién tocan las campanas? Por Cañizares, arzobispo de Toledo y ahora prefecto de la Congregación de Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos del Vaticano. El gran Ratzinger ha nombrado al pequeño Ratzinger -así le llaman sus colegas de la curia- para que ponga más orden en las cosas del creer. Cañizares es un cardenal tan joven para cardenal, tan obediente para lo que proceda, tan reaccionario para lo que procede, tan… tan… tan… repicaron durante diez minutos las campanas de la catedral de Toledo, para demostrar el júbilo de los toledanos porque se vaya a Roma. Bueno, a Roma ya iba una vez al mes a las reuniones de la Congregación de la Doctrina de la Fe.

Cañizares pasa a ocupar uno de los ministerios vaticanos. Zapatero no fue quien de darle un ministerio en España a su Eminencia. Quizás no lo hizo porque el primado era uno de los miembros de la Conferencia Episcopal más eficaces en la negociación sobre financiación de la Iglesia católica y más combativos contra el matrimonio homosexual, el divorcio rápido, la retirada de crucifijos en las aulas, la obligatoriedad de la asignatura de Ciudadanía, la no obligatoriedad de la asignatura de Religión o la no dedicatoria de una placa a Santa Maravillas en el Congreso. Quizás el Papa sí lo hizo porque intuye que las virtudes de Cañizares, sumisión, obediencia, disciplina y firmeza, que le llevaron pronto de obispo a arzobispo y a cardenal, sumadas a sus retrógrados posicionamientos políticos y a algún posible milagro, virtual y futuro, han de conducirle a la probable beatificación y, quién sabe, santificación. En España nos deja sus buenas relaciones con Bono y de la Vega. Nos deja su claridad y su riqueza léxica, con perlas como: “la sociedad española está enferma”, “la cristofobia es el odio a sí mismos"” o “la falta de fe explica la crisis”. Nos deja una calle con su nombre en Utiel, antes llamada Trinidad. Nos deja una doble procesión del Corpus Christi en Toledo. En fin, nos deja… en paz. Vaya con Dios. Pero, no echemos las campanas al vuelo.

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