Aceituneros

lunes, 8 de diciembre de 2008

“Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿quién, quién levantó los olivos?”. Así empezaba su famoso poema Miguel Hernández en 1937. “Nunca un partido de la liga de fútbol sala de Úbeda había tenido tanto público. Cientos de africanos pueblan las gradas del polideportivo. Pero no están ahí por el espectáculo. Esperan a que termine el encuentro para ducharse en los vestuarios y acomodarse para pasar la noche. Es la sexta que algunos duermen allí. Aguardan a que algún "jefe", como llaman a los capataces de los olivares, les contrate para la temporada de la aceituna, que ha empezado esta semana. Con las mismas escasas perspectivas de trabajo hay en Jaén más de dos mil inmigrantes. La mayoría se tendrá que ir de la provincia con las manos vacías de olivas y de dinero”. Así empieza su crónica Pablo Linde en 2008. "Dos españoles muy responsables se ofrecen para la recogida de la aceituna". Así empieza una nota mal pegada en la puerta de un bar de Úbeda.

Crisis, falta de trabajo en la construcción, retorno de temporeros, billetes gratuitos que desplazan el problema, capataces en estaciones de tren, selección preferente de jornaleros españoles, miles de jornaleros extranjeros, inmensos campos de olivos, albergues abarrotados, pabellones transformados en improvisados campamentos, cajeros automáticos convertidos en habitaciones mínimas, temperaturas bajo cero, cartones por los suelos, Protección civil, coro rociero, comidas de Cáritas, bocadillos, dulces, chocolate, leche, latas de atún, latas de sardinas, congoleños, cameruneses, nigerianos, senegaleses, malíes, marroquíes, argelinos, musulmanes, cristianos, blancos, negros, moros, espontáneos partidillos de fútbol internacional, goles, gritos, aplausos, medallas de ilusión momentánea… No hay trabajo, no hay papeles, no hay esperanza.

¡Qué distinto y en el fondo igual, querido Miguel!

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

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