Pobres enredando

miércoles, 15 de octubre de 2008

La pobreza extrema se va a terminar en el mundo hacia el 2025, gracias a la red de redes. No lo predice un hechicero africano, observando las vísceras de un antílope al pie de una fogata en su miserable aldea de Níger, sino Jeffrey Sachs, experto catedrático, observando los datos de la pantalla de su ordenador en un confortable despacho de dirección del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia. Este optimista, profesor de economía, desarrollo sostenible y administración de políticas sanitarias, publicó un libro de referencia, bajo el expresivo título: “El fin de la pobreza”. Quien se lo imagine como un intelectual que simplemente elucubra en su despacho se equivoca. En 2005 la revista “Times” lo incluyó entre los cien hombres más influyentes del mundo. Asesor especial de Kofi Annan en las Naciones Unidas, director del proyecto “Objetivos del Milenio”, promotor de modelos de desarrollo rural en países africanos, activista contra el sida, la malaria o el cambio climático, en suma, no es un ratón de biblioteca, ni un internauta compulsivo.
Sachs adora al becerro de oro de la tecnología digital. Cree en el poder revolucionario de la telefonía móvil y la red, como instrumentos para romper el aislamiento de los países pobres, las regiones marginales y las comunidades rurales. Confía en que las propias leyes del mercado capitalista acorten el desfase digital entre ricos y pobres. Cree que el acceso al móvil cuesta tan poco por unidad de transmisión de datos que los más de tres mil millones de abonados van a multiplicarse. Confía en que se mejore e incremente la tecnología de los sistemas inalámbricos que conectan los móviles con los ordenadores personales. Cree en la expansión de la banca electrónica incluso por los países pobres del sur africano o asiático. Confía en la colaboración entre el sector público y el sector privado a la hora de la apuesta digital. Cree en el cooperativismo mercantil entre los productores de alimentos en países pobres, mediante la conexión digital directa con los minoristas de la distribución, que les permita garantizar precios razonables. Confía en el papel de las redes sociales entre ricos y pobres. Cree y confía.
No seré yo quien le discuta a Sachs si el desfase digital se está acortando o no. Sin embargo, un simple repaso a las estadísticas de los indicadores de desarrollo humano de los sucesivos informes de la ONU permite comprobar que la brecha entre ricos y pobres se está agrandando. Si se añaden la hambruna, la catástrofe natural periódica, el efecto del cambio climático, la crisis energética, la crisis en la producción de alimentos, el sida, la droga, el tráfico de personas, la guerra y la violencia cotidiana en muchos países pobres, cuesta creer que sus habitantes puedan estar pendientes de la innovación tecnológica. No obstante, cada vez son más los pobres que están en la red, unos enredados, otros enredando. Pero ¡ojo!, porque, como decía Voltaire, “si los pobres empiezan a razonar, todo está perdido”; aunque Voltaire, a diferencia de Sachs, no tenía ordenador, ni móvil.

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