Progre español

lunes, 1 de septiembre de 2008

Los socialistas gallegos han venido criticando, con moderación, a Anxo Quintana, vicepresidente de la Xunta de Galicia y portavoz del Bloque Nacionalista Galego, por su tendencia a organizar fiestas y ágapes para ancianos, prolongando la estrategia de captación del voto mediante ternura lacrimógena, ambientada con viandas y música con denominación de origen, por la cual quizás pague derechos de autor a Manuel Fraga, anterior presidente autonómico, inventor de condumios, piscolabis, manducas, “bandulladas” y “enchentas”, objeto entonces de vilipendio por parte de los nacionalistas. Quintana ha respondido con dos argumentos poco convincentes y mal hilvanados: “acaso los mayores no se merecen pasarlo bien” y, además, “yo no soy un progre español” (sic).
En lo primero, coincido con Quintana, pero coincido más con Renard en que la vejez existe cuando se empieza a decir “nunca me he sentido tan joven”. Los viejos lo que merecen es, sobre todo, respeto.
En lo segundo, discrepo de Quintana, tal vez porque yo sí soy un progre español. Conviene acudir al significado de las palabras. Según el Diccionario de la Real Academia Española, dícese progresista de la persona con ideas avanzadas, así como de la actitud que esto entraña, y dícese español del individuo natural de España o con nacionalidad española. Asumo ambas condiciones. Desconozco si Quintana, habiendo nacido en Allariz (Ourense, Galicia, España), ha renunciado expresamente a la segunda, para lo cual se precisan documentos. Debo entender que tampoco asume la primera, para lo cual basta con su propia afirmación y ciertas actuaciones anacrónicas.
Parafraseando al sarcástico Oscar Wilde, le diría aquello de “discúlpeme, señor Quintana, no le había reconocido: he cambiado mucho”. Admiré el progresismo del otrora alcalde de Allariz, quien, entre 1991 y 2000, lideró un avance social en la villa que fue más allá de una innovadora y premiada gestión municipal. Me sorprende que renuncie a ser español quien nació en España, vivió siempre en España, fue senador, por designación, en el Senado de España, y es vicepresidente de un Gobierno autonómico, parte importante del Estado español, que debería estar agradecido por el tratamiento que reciben él, personalmente, y sus paisanos, colectivamente, del actual Gobierno estatal en razón de la justa, y progresista, solidaridad entre territorios y ciudadanos españoles.
Es difícil ser a la vez progresista y nacionalista, aunque quizás Quintana pueda evolucionar, porque, como decía Einstein, “el nacionalismo es una enfermedad infantil; es el sarampión de la humanidad”. El sarampión es pasajero, pero… ¿hay sarampión crónico?

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