Teléfono rojo

jueves, 14 de agosto de 2008

Bush llamó a Putin para hacerle ver que su actuación en Georgia había sido desproporcionada ¿Cómo le habrá llamado?, ¿fue desproporcionada? y, si lo fue, ¿qué pasa? Probablemente -son tiempos de informalidad- George habrá llamado a su amigo Vladímir de móvil a móvil. En otra época el presidente de los USA habría llamado al primer ministro de la URSS desde el teléfono rojo que conectaba la Casa Blanca con el Kremlin. Eran años de guerra fría, cuando Kennedy, tras comprobar como la lentitud del sistema de recepción y decodificación de mensajes durante la crisis de los misiles en Cuba estuvo a punto de provocar una tercera guerra mundial, montó un sistema de teletipos para evitar malos entendidos con aquellos tipos, porque en principio se fiaba más de lo escrito que de lo hablado, aunque luego, quizás aprovechando una oferta, instaló una línea telefónica directa, a la que los periodistas denominaron teléfono rojo, no porque a través de él los mandatarios comentasen políticas izquierdistas, sino porque sólo habría de utilizarse en caso de emergencia. El aparato se popularizó gracias a la única comedia de Stanley Kubrick: “¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú”, interpretada por Peter Sellers.
El teléfono rojo simbolizaba la asunción de la llamada estrategia de respuesta flexible. Siguiendo la doctrina McNamara, la respuesta a una agresión habría de ser proporcionada a ésta, frente a armas convencionales habrían de emplearse sólo armas convencionales y los objetivos bélicos habrían de ser objetivos militares, nunca núcleos urbanos. Para Bush la represalia rusa fue desproporcionada frente a la agresión georgiana; agresión que, sin duda, conocía con antelación, pues era el aliado y valedor de Georgia ante la OTAN. Pero, Putin no está para respuestas flexibles. De preferir una estrategia norteamericana, opta por la estrategia de respuesta masiva de Foster Dulles, que los USA utilizaron en épocas de absoluta supremacía militar, respondiendo a la mínima agresión con todas las fuerzas posibles; aunque Putin llame eufemísticamente “fuerzas de paz” a las que tiene desplegadas en Abjasia y Osetia desde hace años y, por supuesto, no repare en si arrasa o no núcleos urbanos (Tsjinvali, capital de Osetia del Sur, fue totalmente destruida). Vladímir ha trazado ya la línea roja que delimita su zona de influencia geopolítica en el Cáucaso. George se queda sin Georgia, donde aparece aún en los carteles junto al malparado presidente Saakachvili, alumno de Harvard y adalid neoconservador abandonado a su suerte, después de haberse ocupado de la disidencia interna. Bush deja ya de trazar líneas de expansión de la OTAN. Por el oleoducto “BTC” continúa, de momento, fluyendo petróleo entre los mares Caspio, Negro y Mediterráneo, para abastecer a Europa, la Europa de Sarkozy, quien quizás llamó a todos los implicados en el conflicto desde un móvil rojo de última generación con posibilidad de “party line”. No quiero concluir frivolizando sobre el futuro del Cáucaso, un mosaico de naciones, pueblos, razas y religiones más complejo que los Balcanes.

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