Régimen chino

viernes, 8 de agosto de 2008

Si escribiese bajo este título desde cualquier rincón de China hoy, día en que los chinos nos asombran con los fastos de la inauguración de los Juegos Olímpicos, sólo podría hacerlo entendiendo por régimen chino una dieta que combinase salsa de soja, bambú, sake, sopa de aleta de tiburón o nido de golondrina, por ejemplo. Sería uno más de los más de doscientos cincuenta millones de cibernautas que desde China intentan navegar por la red y no pueden hacerlo debido a la censura impuesta a la libertad de expresión por el régimen. Régimen que, para lavar su cara ante el mundo, estos días ha permitido a esos esforzados del ciberespacio el acceso a ciertas webs críticas de renombre, como Human Rights Watch o Amnesty International, antes prohibidas. Pero ¡ojo, con lo que cualquiera de ellos transmita al exterior! Les puede esperar el acoso policial, el arresto domiciliario o la cárcel. El régimen es quien debe transmitir la verdad, la verdad oficial. Y es que, como decía Yevgeni Zemiatin, “consentir al individuo cualquier derecho frente al Estado único sería lo mismo que mantener el criterio de que un gramo puede equivaler a una tonelada. Ello llevaría a concluir que la tonelada tiene derechos y el gramo deberes. El único camino natural de la nada a la magnitud es olvidar que sólo eres un gramo y sentirte como una millonésima parte de la tonelada". Menos mal que hay gramos que pesan toneladas. Es el caso de Zeng Jinyan, una mujer joven (veintitrés años), tan pequeña como grande, luchadora contra el sida y la represión, que en 2005 se atrevió a difundir por la red su blog para denunciar la falta de libertades elementales en China. Como cuenta, “en el blog hablo de las actividades de la sociedad civil, de mi vida, del arresto de mi marido, de cómo me sigue la policía. Y esto es muy diferente de lo que otra gente escribe en los diarios que se difunden por Internet". Con el tiempo, hasta la revista “Time” la ha designado como una de la cien personas más influyentes del mundo, junto a Hu Jintao, jefe del régimen, y Liu Qi, jefe del comité organizador de los Juegos Olímpicos. Juegos que serán perfectos, porque comienzan el ocho del ocho del dos mil ocho. Y es que totalitarismo, nacionalismo y superstición se dan la mano en la China… y no tan lejos.

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