La mirada de Sadam

martes, 29 de julio de 2008

Sadam Husein fue ahorcado a finales del año 2006. Parece que hace más tiempo, porque, cuando se extirpa el “mal”, se olvida pronto. Fue un ahorcamiento del siglo veintiuno, un espectáculo para consumo fugaz y manipulación ideológica. Producto perecedero de telediario. No obstante, en la fría antesala de la muerte, sin aparente temor a ella, el condenado dejó una mirada heladora que permanece fijada al negativo y congelada en la memoria. Una mirada a lo Clint Eastwood, oblicua, despreciativa, rencorosa. Una mirada con dignidad de abrigo negro y soga al cuello. Dignidad de falso mártir de causa indigna.

¿A quién miraba Sadam? A Bush padre, que, a raíz de la invasión de Kuwait, dejó de considerarle amigo de Occidente. A Bush hijo, jefe del “Eje del Bien”, que, a raíz del 11-S, decidió personalmente, aunque por influencia divina, incluirle en el “Eje del Mal” y, por ende, ocupar su país. A Blair, partícipe en tal guerra de ocupación por intereses de las petroleras británicas. A Aznar, ególatra que se había colado en la foto de las Azores cual montaje de photoshop. A los franceses y a los alemanes, que antes le trataban como un buen cliente de la industria nuclear y armamentista y ahora le daban la espalda. A los inspectores de la ONU que buscaban supuestas armas de destrucción masiva. A los jueces de los sucesivos tribunales que le condenaron. A los familiares de los incontables chiítas que había ido eliminando a lo largo de su mandato. A los familiares de los cien mil kurdos que había masacrado en el norte del país. A los familiares del millón de muertos en la guerra contra Irán. A los soldados yanquis que le capturaron en el escondite de una granja cercana a su Tikrit natal. Al falso acólito que le delató. Al médico que le despiojó para escarnio público. A todo Occidente. A todo el Islam.

Sadam Husein vivió sesenta y nueve años y mató durante veinticuatro. Tras un juicio, justo según Bush, fue ejecutado en la horca la madrugada del penúltimo día del año 2006, primer día del Aid al Adha, fiesta islámica del sacrificio. Paradojas del destino y del personaje. El líder, laico, socialista y panarabista, llevaba una copia del Corán en la mano y murió acompañado por varios funcionarios, un médico y un religioso. Espectáculo macabro. Cuando expiró, según la CNN, los presentes danzaron alrededor del cadáver. En los barrios chiítas de Bagdad, en Diwaniya o en Basora se tiraron salvas al aire y se repartieron postres, como manda la tradición local. En Tikrit se impuso el toque de queda. En Michigan los iraníes inmigrantes celebraron la noticia bebiendo Coca-Cola y comiendo hot dogs. Mediante fotografías oficiales, se difundió el antes y el después de la ejecución. Mediante un video de contrabando, uno de los verdugos hizo negocio difundiendo la propia ejecución. Barbarie contra barbarie. Crimen y castigo en un país donde ambos son aún rutina cotidiana. Banalidad televisada de la lucha del bien contra el mal.

La iconografía del poder simplifica ex profeso los conceptos del bien y del mal para mejor consumo de masas. En un plano geopolítico, el “Eje del Mal” lo constituyen unos cuantos países (Irán, Corea del Norte, Myanmar, Cuba, Zimbabue, Bielorrusia), sancionados por sostener regímenes dictatoriales, por llevar a cabo programas nucleares, por apoyar e instruir a terroristas o por beneficiarse del tráfico ilegal de armas. En un plano policial-militar, el “mal” corre a cargo de unas cuantas organizaciones (Al Qaeda, Hizbulá). En un plano mediático, el mal lo ejemplifican unos cuantos individuos satanizados (Bin Laden, Hassan Nasrallah, Mahmud Ahmadineyad, Kim Jong-il). Desde hace más de un año Sadam ya no está entre ellos, pero su mirada permanece como símbolo del mal, igual que el claroscuro del rostro del Che permanece como símbolo de la utopía revolucionaria (si bien el mercadeo de la imagen acaba difuminando su significado). La mirada de Sadam, cargada de odio, molestaba aquella Navidad y sigue molestando ahora.

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