Hablar de memoria

jueves, 26 de junio de 2008

A vueltas con la Ley de memoria histórica en un país donde se habla mucho de memoria y, por eso, se olvida pronto. Donde una presidenta autonómica con nombre de virtud teologal cristiana frustra cualquier homónima esperanza de consenso cuando dice que “una ley de memoria histórica impuesta por un gobierno es un síntoma de totalitarismo como pocos se han visto jamás”. Donde un entonces portavoz de un grupo parlamentario de por sí vociferante alza la suya para adjudicar papeles de buenos y malos cuando dice que “los que mejor han vivido con el franquismo pretenden ahora dar lecciones de democracia a quienes no han tenido ninguna prebenda”. Exabruptos de conservadores que conservan en la memoria sólo lo que quieren conservar.

Pronto sus acólitos hablarán de esta ley también de memoria. Recordarán indignados la retirada de símbolos en sus espacios cotidianos (escudos, estatuas, águilas, flechas, placas con nombres de sus otrora héroes). Recordarán nostálgicos la escenografía fervorosa del Valle de los Caídos, donde sus íntimos se reunían cada 20-N para rezar por el alma del Caudillo (por si acaso seguía en el Purgatorio, que entonces aún existía). Más que recuerdos, añoranzas. Prescindirán de otros aspectos de la ley, como la identificación de cadáveres en fosas comunes, la deslegitimación de los tribunales franquistas, la posibilidad de reclamaciones particulares en la vía judicial o la indemnización a familiares de las víctimas.

Mientras los conservadores pretenden mostrarse como los únicos herederos de la concordia olvidadiza de la transición, hay republicanos, anarquistas y activistas internacionales que consideran insuficiente la ley, porque no anula de facto sentencias injustas, no condena sin ambages el genocidio, no dicta disposiciones vinculantes, no avanza más allá de la declaración de intenciones y no salda la deuda con las víctimas. Los primeros quieren mirar al futuro, en aras de un vergonzante pasado. Los segundos quieren mirar al pasado, en aras de un vergonzoso presente. El futuro es un tiempo cómodo para guardar las promesas. El pasado es un tiempo incómodo para archivar las ideas. Revisar el pasado no implica dividir conciencias en el presente. Los sucesos acaecidos durante la Guerra Civil o la Dictadura precisan de acreditación documental. Cuando hablan de ellos políticos mezquinos los lapsos de memoria no son tales, aunque, como dice Clarasó, “nadie puede cambiar su pasado, pero todo el mundo puede contarlo al revés”.

No se trata de refrescarles la memoria repasando sus propias decisiones autoritarias o enumerando familias de su partido vinculadas al franquismo. Sin embargo, hay que ejercitar la memoria. En el presente los conservadores se muestran como los máximos defensores de los principios constitucionales. En el pasado la mitad de los populares votaron en contra de la Constitución y alguno de sus líderes, bigote y firme ademán, hizo ostentación pública de ese rechazo. En el presente se muestran como los máximos valedores del mercado libre. En el pasado fueron los máximos valedores de los monopolios oligárquicos patrocinados por el régimen franquista. En el presente se muestran como los máximos aliados de los ciudadanos (para parecer más “populares” hasta organizan manifestaciones). En el pasado fueron los máximos aliados de los poderes fácticos conniventes con la represión de cualquier protesta ciudadana; poderes como el Ejército, que afortunadamente ha cambiado su papel social, y como la Iglesia, que desgraciadamente selecciona beatos entre las víctimas en vez de pedir perdón por su complacencia con el régimen dictatorial. Dirán que hablo de memoria. Sí, hablo de una memoria que no coincide con el No-do, de la memoria colectiva, esa que es difícil borrar porque, como dice Machado, “hoy es siempre todavía”.

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